dissabte, 1 de febrer del 2014

Missatge del Rector Major als joves del MJS 2014


Mensaje a los jóvenes del MJS 2014

Soñad a lo grande y seguid vuestro sueño

con alegría, entusiasmo y convicción

Queridísimos jóvenes,

No os escondo mi emoción al dirigiros el último mensaje como Rector Mayor. Quisiera que mis palabras llegasen a vuestro corazón para deciros que siempre os he amado y os amaré. Estáis en el centro de mi vida, de mi oración y de mi trabajo. Sois mi alegría, la fuente de inspiración y de esperanza para el presente y para el futuro que el Señor me reserva.

Gracias por el amor que me habéis demostrado siempre, por vuestras oraciones que me han sostenido en los momentos difíciles de mi delicado servicio. En estos momentos veo vuestros rostros iluminados por la alegría de vivir y de creer, pero también preocupados por un futuro incierto. He compartido las esperanzas y los sufrimientos que leía en vuestros ojos. Durante estos 12 años de mi hermoso oficio como Sucesor de Don Bosco hemos vivido juntos momentos inolvidables como las Jornadas Mundiales de la Juventud en Sidney, Madrid, Río de janeiro; los diferentes encuentros del MJS en las inspectorías; los Confrontos y Campo-Bosco en el Colle Don Bosco y en otros lugares. Han sido tiempos fuertes del Espíritu, experiencias de comunión y de espiritualidad salesiana, momentos para compartir y momentos de fraternidad que nos han hecho crecer en el amor a Jesús, a la Iglesia y a Don Bosco.

Gracias, queridos jóvenes, por vuestra presencia reveladora del amor de Dios, por la frescura y el entusiasmo que habéis comunicado en estos encuentros, por la alegría que habéis dado a mi corazón. Con corazón de padre continuaré a amaros y por eso quiero invitaros a mirar con esperanza vuestro futuro. Dios no os abandona y nos está ofreciendo grandes signos de su amor.

 El Papa Francisco, signo del amor de Dios para su Iglesia

Muchos contemplamos hoy, con gran alegría y estupor, el anuncio de una nueva primavera para la Iglesia y para la el mundo. Los profetas de desventura que decretaban el invierno de la Iglesia, una vez más, tienen que desdecirse. Este nuevo soplo de primavera, don del Espíritu Santo, tiene un rostro y un corazón: los del Papa Francisco. En el presentarse humilde, sencillo y sonriente, revela su vida interior. Es un hombre intensamente unificado en un punto focal en torno al cual se concentran gestos, actitudes y pensamiento: el Señor Jesús, percibido siempre como Palabra de un Dios de la bondad, de la ternura, de la misericordia.

Nos llama fuertemente la atención la figura de este Papa tan dulce y, al mismo tiempo, hombre-roca, sólidamente afianzado en un punto de anclaje en el que converge toda su fuerza moral, la libertad de actuar y de hablar, junto a un profetismo iluminante. El punto unificador en torno al cual se concentra toda su persona es, al mismo tiempo, un gran sueño y un vasto proyecto con amplitud de miras.  

¿Cuál es este sueño que ha seducido al Papa Francisco y que contagia y fascina a tantos jóvenes? Es una Iglesia libre de la mundanidad espiritual, libre de la tentación de cerrarse en su cuadro institucional, libre de la tendencia al aburguesamiento y de la cerrazón en sí misma, libre sobretodo del clericalismo y del machismo. Una Iglesia encarnada en este mundo, resplandeciente en los pobres y en los sufrientes. Una casa abierta a toda la humanidad. En su corazón está el gran deseo de una Iglesia que acoja a todos, más allá de las culturas, de las razas, de las tradiciones, de las confesiones religiosas. Una Iglesia que salga a las calles para evangelizar y servir, alcanzando las periferias geográficas, culturales y existenciales. Una Iglesia pobre, que privilegie a los pobres, convirtiéndose en su voz, para superar la indiferencia egoísta de los que tienen más y no saben compartir. Una Iglesia que preste una justa atención y relevancia a las mujeres, sin las cuales, ella misma, corre el riesgo de la esterilidad.

El Papa Francisco vive con auténtica pasión la entrega a este sueño que lleva en el corazón y quiere que todos los creyentes, pero especialmente los jóvenes, vivan con la misma intensidad su impulso misionero. Vosotros jóvenes sois los protagonistas irrenunciables y determinantes de esta nueva primavera. Para salir de una cultura del “descarte” que os margina y os paraliza dejándoos sin futuro, debéis encender en vuestro corazón el “fuego” de una nueva pasión para invertir vuestras energías y vuestra vida; se trata de comprometerse en causas nobles, positivas y de gran valor moral, por las que valga la pena gastar la vida. Os lo pide el Papa Francisco, os lo pide Don Bosco, os lo pido yo mismo en este último mensaje, como un testamento espiritual que debéis custodiar cuidadosamente en vuestro corazón y realizarlo en la vida.
Vuestra juventud, don para entregar a los demás

En estos años os he invitado a acoger vuestra juventud como el don más valioso y a orientar vuestra vida según un proyecto vocacional. He leído en muchos rostros que he encontrado la búsqueda y el gran deseo de felicidad que se expresaba en la alegría de la fiesta. La fe cristiana es la respuesta a vuestro anhelo porque es anuncio de radical felicidad, promesa y confirmación de “vida eterna”.

Bebed en la espiritualidad salesiana y adentraos en el corazón mismo de Don Bosco, donde compromiso y gozo van juntos, santidad y alegría son un binomio inseparable. Desde el inicio de mi ministerio os he propuesto un camino de santidad sencillo, alegre y sereno. La espiritualidad juvenil salesiana quiere llevaros al encuentro con Jesucristo para estrechar con él una relación de amistad y de confianza. Os he indicado siempre la Iglesia como el lugar escogido y ofrecido por Cristo para encontrarlo y para escuchar su Palabra. Solo su presencia discreta estimula vuestra libertad para educar la mente, el corazón y la voluntad. A él le basta un pequeño signo de confianza para deciros con mucha ternura: “Venid y estad conmigo, vosotros que estáis sedientos de felicidad y hambrientos de cosas bellas y verdaderas que hacen crecer la vida. Venid, los que estáis cansados, desanimados, deprimidos. Los que sufrís en vuestro cuerpo, en vuestro espíritu, en lo profundo de vuestro corazón”.

Escuchad, queridos jóvenes, sus palabras que se adentran en vosotros lentamente y son consoladoras. Ellas se convierten en la Eucaristía en sangre que da vida nueva, carne de vuestra carne. Es una nueva vida que se nutre de oración, de comunión y de servicio. Es una nueva vida percibida y vivida como vocación, como misión, como entrega fiel y disponibilidad total hacia los demás. Escuchad la clara llamada del Papa a toda la Iglesia: “¡Salgamos, salgamos para ofrecer a todos la vida de Jesucristo!”. ¿Cómo resistir a esta llamada? Es una llamada que tiene toda la intensidad y la pasión del “Da mihi animas!” di Don Bosco. Vuestra generosidad juvenil no puede sino alegrarse y dejarse sacudir por este grito, abandonando una fe tímida, paralizada por el miedo y con dificultades para ser testimoniada.

Vosotros estáis llamados a vivir una fe que se manifiesta como profecía, como certeza de ser amados por Dios hasta poner en Él vuestra única seguridad. En su nombre podéis arriesgar todo, sin dejaros atemorizar por nada y por nadie, sin dejaros condicionar por otras visiones del mundo, sin contentaros con una vida mediocre.

La invitación que os hace el Papa Francisco es la de salir sin miedo para servir al mundo, para enriquecerlo con el don de Cristo y del Evangelio. A vosotros os confía la convicción de la real posibilidad de cambiar el mundo, porque Jesús resucitado está con nosotros, todos los días, hasta el final de los tiempos, y hace nueva todas las cosas: “Una fe auténtica implica siempre un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor después de nuestro paso por la tierra (EG, 183).

 Queridísimos jóvenes:

Despidiéndome de vosotros os confío estas palabras que brotan de mi corazón de padre. Os he querido siempre y continuaré a amaros recordándoos todos los días ante mi y vuestro amigo Jesús. Por eso quiero hacer mías las palabras de nuestro querido Don Bosco: “Hasta el último respiro de mi vida será para vosotros, mis queridos jóvenes”. Os pido también a vosotros el don de vuestra oración para que continúe a servir a la Iglesia y a la Familia Salesiana con fidelidad y amor.

Os confío a María, nuestro auxilio, modelo de santidad vivida con coherencia y totalidad, estrella de la nueva evangelización. Os acompañe siempre con ternura de Madre en todos los momentos de vuestra vida. Os ayude a dar un bello testimonio de comunión, de servicio, de fe ardiente y generosa, de justicia y de amor hacia los pobres, para que la alegría del Evangelio llegue a todos los jóvenes y ninguna periferia quede privada de su luz.
Siempre vuestro


Don Pascual Chávez V., sdb
Rector Mayor

Valdocco, 31 enero ’14

dijous, 17 d’octubre del 2013

Lema Campobosco 2014



descubre.jpgLema Campobosco 2014
 
Buscamos un lema para el Campobosco 2014 del próximo verano. ¿Nos ayudas?
 
Accede al formulario y participa tantas veces como quieras. Se escogerá el eslogan de entre las propuestas que nos hagáis llegar. El Consejo Permanente del MJS junto con la Delegación Nacional de Pastoral Juvenil seleccionaremos el más apropiado.
 
 

dijous, 14 de març del 2013

Habemus papam


Ángel Asurmendi, Provincial dels Salesians de la Inspectoria de Barcelona, valora l'elecció del nou Papa


"Ens arriba el testimoni que és una persona autèntica i senzilla, que viu amb austeritat i normalitat"

La notícia era esperada en aquests dies, però ens ha agafat una mica per sorpresa.

Quan hem sabut que el nou Papa havia triat el nom de Francesc i era Jorge Mario Bergoglio, jesuïta i arquebisbe de Buenos Aires, la sorpresa s'ha transformat també en expectació. Sobre tot això es parlarà força aquests dies.

Ara els mitjans intenten traslladar el seu perfil humà i religiós, el seu actuar diari, les seves relacions amb la gent i els polítics... tot el que poden trobar per donar una primera informació sobre la seva persona. De les seves virtuts i mancances també en sentirem parlar bastant.

De qui el coneix directament, ens arriba el testimoni de que és una persona autèntica i senzilla, que viu amb austeritat i normalitat. D'entrada són trets importants per un pastor, per a un bon pastor. Donem gràcies a Déu per haver inspirat a través del seu Esperit aquesta elecció.

Ens sumem a l'alegria de l'Església que ja té un nou pastor. I unim la nostra pregària a la resta dels cristians, demanant a l'Esperit que l'assisteixi i acompanyi en l'obstinació de la nova Evangelització i perquè, segons les seves pròpies paraules, puguem treballar junts, units en fraternitat, amor i confiança recíproca.

Li assegurem que, per la nostra part, no quedarà. Té ja assegurada la nostra confiança, ja que sabem que Déu està darrere de la seva elecció.


Ángel Asurmendi, Provincial SDB Barcelona

dijous, 31 de gener del 2013

Missatge del Rector Major als joves del MJS


Id y testimoniad la alegría de la fe
Aprended a ser felices siendo discípulos de Cristo y misioneros de los jóvenes


Carta de Don Bosco a los jóvenes del MJS

Queridísimos jóvenes,

Con esta carta quisiera acercarme a todos y a cada uno de vosotros. Quisiera comunicaros el gran afecto que siento por vosotros y deciros el sueño constante que albergo en mi corazón: que podáis ser plenamente felices, llevando dentro de vosotros toda la plenitud de la humanidad del Señor Jesús y expresando en vuestra vida una adhesión plena que testimonie los valores del Evangelio. Os escribo en un tiempo en el que se habla mucho de Nueva Evangelización. En muchos de nuestros países Dios parece haberse convertido en un desconocido, una persona de la que se puede prescindir. Precisamente por esto, hoy, resuena más fuerte el mandamiento de Jesús: “Id y haced discípulos de todos los pueblos… Mirad que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28, 19-20). La misión que Jesús nos indica es un terreno cargado de desafíos, pero también fecundo de grandes oportunidades. Ésta constituye un providencial anillo de conjunción entre la urgente invitación que Benedicto XVI ha dirigido a la Iglesia universal para que viva intensamente este año de la fe, y el camino que nuestra familia salesiana ha iniciado hacia el bicentenario de mi nacimiento.

Permitidme que os diga que, también entonces, los tiempos eran difíciles. Valdocco era una verdadera tierra de misión… Con todo, la viva presencia de Jesús y de María en las fatigas del servicio educativo colmaba de alegría mi corazón. De aquella tierra de misión, como todos vosotros sabéis bien, han salido muchos jóvenes misioneros para evangelizar pueblos y tierras lejanas. Jóvenes crecidos en el oratorio, que han escrito páginas de historia sublimes, que han dado su vida por la educación, la promoción humana y la evangelización de muchas generaciones de jóvenes. Esta historia de fidelidad y de generosidad, queridos jóvenes, continua hoy con vosotros y es un reto para todos. En este libro faltan las páginas que solo podéis escribir vosotros. ¡Esta es vuestra hora!

La enseñanza de Jesús resuena todavía en nuestros días con la misma fuerza: “Preocupaos no por el alimento que perece, sino por el alimento que permanece para la vida eterna” (Jn 6, 27). La pregunta formulada por los que le escuchaban, es la misma que resuena dentro de nosotros hoy: ¿Qué debemos hacer para cumplir y realizar las obras de Dios? Sabemos la respuesta de Jesús: “Esta es la obra de Dios: que creáis en Aquel que él ha mandado” (Jn 6, 29). La obra de Dios en vosotros es la de ser discípulos que acogen con amor la Palabra de Dios y en ella encuentran a Jesucristo. La vocación de todo cristiano es ser apóstoles que la transmitan alegremente. La fe, de hecho, crece en el momento en el que estamos disponibles para transmitirla a otros. ¡Vuestra vocación es evangelizar, queridos jóvenes!
Evangelizar significa poner en la masa una levadura capaz de cambiar la mentalidad y el corazón de las personas y, a través de ellas, las estructuras sociales, de tal modo que sean más conformes al diseño de Dios. No se trata de una actividad intimista; evangelizar es desencadenar una verdadera revolución social, la más profunda, la única eficaz. Para evangelizar es necesario tener un motivo: estar “enamorados” de Dios, haber hecho experiencia de su amistad y de su intimidad. En este proceso, la atención se ha de concentrar sobre todo en nuestro corazón. Exactamente allí donde se forman los pensamientos y las opciones: el corazón debe estar libre de contaminación. Esto requiere transparencia, capacidad de volver sobre sí mismos y poner con desnudez, delante del Señor, las motivaciones más verdaderas de nuestros comportamientos. La verdad de los gestos reclama la pureza de las motivaciones.

El deseo de comunicar la Buena Noticia nace de la sobreabundancia del corazón de una persona que ha sido alcanzada por Jesús: una persona profundamente integrada y unificada en torno al único amor de Dios. Se trata de un amor único porque es central; único porque tiene la precedencia sobre todos los demás afectos del corazón. El auténtico buscador y testigo de Dios es puro de corazón. Lo es también el que, por encima de cualquier otra cosa y con todas sus fuerzas, busca el Reino de Dios y su justicia. Recordando mi vida, os debo decir que desde que era joven solo le pedí al Señor una cosa: Da mihi animas! ¡Concédeme el trabajar por Ti, por la salvación de los jóvenes!

Antes, pues, de que el Evangelio ocupe vuestra mente y sea causa de vuestros cansancios, deberá ser acogido en vuestra vida y deberá ser la fuente de vuestra alegría. Jesús no confía su Evangelio a quien no le ha dado su propia vida. Solo los discípulos auténticos pueden ser apóstoles creíbles. El mundo juvenil, lo sabéis bien, es tierra de misión exigente. Salid, pues, de vuestro minúsculo, angosto y asfixiante cascarón. Entrad en el vasto mundo de Dios. Él os abre de par en par las puertas de una gran misión, para que podáis salir de vosotros mismos y encontrar grandes espacios, para que podáis caminar hacia nuevos horizontes, aquellos para los que habéis sido pensados y soñados por Dios. Estos horizontes no están necesariamente lejos de vosotros. Dios os llama, sobre todo, a traducir y a encarnar vuestra fe en lo ordinario, en la cotidianidad que, si no fuera iluminada por la luz de la resurrección, sería capaz de triturar el corazón del hombre.

Muchos jóvenes, lo sabéis muy bien, no “habitan el propio corazón”, viven “distraídamente”. Son atraídos por mil cosas; se encaminan a través de mil senderos y, sobre todo, son tiranizados y esclavizados por mil servidumbres. Habitan “en otra parte”; por todas partes, pero no en el corazón, con la consecuencia de impedir el encuentro con Dios que se realiza, sin embargo, en este lugar tan valioso, tan secreto: el corazón. En el corazón de cada persona, de hecho, existe una herida, un dolor grande que reclama ser escuchado, comprendido, sanado. Por eso Jesús tiene tanta necesidad, también hoy, de discípulos capaces de escuchar el corazón de la gente, especialmente de los jóvenes. Discípulos capaces de comprender, en medio de sus alegrías y sus miedos, una necesidad, no siempre expresada, de acercarse a él y de encontrarlo. Solo el discípulo que tiene una relación profunda con el Señor Jesús puede acoger, entre quienes lo buscan, a quien desea de verdad compartir su experiencia de Dios.

El discípulo que sigue a Jesús está llamado a facilitar el encuentro con Él de los que quieren verlo, conocerlo, amarlo. Esta es una misión delicada y maravillosa; y si no lo hacéis vosotros, queridos jóvenes. ¿quién presentará a Jesús los sueños y las necesidades de vuestros compañeros, de vuestros amigos? ¿Quién les hará ver a Jesús? Os toca a vosotros indicar a vuestros amigos que Jesús es la luz que ilumina de sentido su búsqueda, que es el camino que les conduce al corazón del Padre, que es la verdad que pone fuego en el corazón para vivir la vida con pasión. Vosotros sois el fuego de un nuevo Pentecostés, que quema y contagia a muchos de vuestros amigos. Juntos podéis luchar por la libertad allí donde falta, por la paz allí donde está amenazada, por la justicia allí donde es pisoteada, por la solidaridad allí donde es más necesaria. Vosotros podéis ser la conciencia crítica de la sociedad en la que vivís. Levantaos pues, salid del cenáculo y marchad, porque el mundo os necesita.

Pero recordad siempre que solo Cristo es capaz de curar y cicatrizar las laceraciones profundas y sufrientes del corazón de los jóvenes. Así que, para que este encuentro resulte fecundo, se tiene que aceptar hacer un particular camino: es necesario pasar de  la admiración al conocimiento, y del conocimiento a la intimidad; de la intimidad al enamoramiento; del enamoramiento al seguimiento y a la imitación.

El encuentro inicial se transforma, finalmente, en un verdadero encuentro cuando Jesús “se deja ver” y su Palabra desnuda el corazón del hombre liberándolo de percepciones enmascaradas y falseadas de Dios, de una visión incorrecta de sí mismos, de los demás, de los acontecimientos. Y es esto lo que les pasó a los discípulos de Emaús (Lc 24, 13-35). Caminaban con el rostro triste y el corazón decepcionado porque habían vivido junto a Jesús y la convivencia había despertado en ellos las mejores esperanzas. En cambio, su muerte en cruz había sepultado todas las expectativas y su fe. A lo largo del camino, Jesús se hace compañero de viaje compartiendo tristezas y amarguras y, al mismo tiempo, desvelándoles el sentido de lo sucedido releyendo con ellos la Escritura. Acomoda su paso a una paciente y sufrida búsqueda, abriéndoles gradualmente los ojos de su mente y de su corazón a la inteligencia de su misterio, de la historia y del mundo. Su búsqueda es sincera, pero sus ojos para contemplar el Resucitado solo se abren cuando Él repite el gesto que mejor lo identifica: “partir el pan”. Tal descubrimiento es fruto de su búsqueda, pero habría sido imposible sin la explicación de la escritura y el haberles ofrecido un signo por parte de Jesús. Sobre todo es un don: ellos “lo reconocieron” porque Jesús “se hizo reconocer”. El reconocer a Jesús en el invitado es el momento culminante del encuentro, pero no es el último. Hay un paso posterior que manifiesta la fecundidad del encuentro personal con Jesús, el que les lleva de la comunión a la misión, de la experiencia personal – “nos ardía el corazón” – al testimonio – “volvieron a Jerusalén donde encontraron a los Once reunidos”. Los discípulos vuelven al lugar donde se desarrollaba habitualmente sus vidas, pero con ojos nuevos y un corazón renovado.

Tampoco vosotros, mis queridos jóvenes, podéis vivir vuestra de fe de forma solitaria. Nuestra salvación está fuera de nosotros mismos; no la encontramos en la ciencia o en la economía o en la política, sino solo en Jesucristo muerto y resucitado por nosotros. Volved, pues, con ojos nuevos y corazón nuevo al lugar donde Jesús, hoy, se hace presente y habita: la Iglesia. Encontrad a la comunidad de los creyentes, los que confiesan a Jesús como su Señor, la familia de sus discípulos, de los que comparten con Él la vida y la misión. Queridos jóvenes, puede que muchas cosas de la Iglesia – en el contexto humano – os decepcionen. Puede incluso darse que os sintáis incomprendidos, no tomados en serio. Es verdad; la Iglesia a veces nos decepciona, a veces nos turba, pero siempre nos fascina, porque es una realidad cuyos confines pasan por dentro de nosotros, porque es el abrazo de una madre a cada uno, el lugar visible de nuestra identidad, la zona de encuentro con el Dios de Jesucristo y con los hombres, a los que sentimos como nuestros hermanos y hermanas.  Escuchad, pues, las palabras de un padre que ha sufrido, pero ha amado siempre a la Iglesia: no, queridos jóvenes; ¡no os separéis de la Iglesia!  Ninguna realidad es tan rica de esperanza, de compasión, de amor. La Iglesia no envejece jamás: su juventud es eterna. Es la continuación, la prolongación, la presencia actual de Cristo; el lugar donde Él dispensa la gracia, le verdad y la vida en el Espíritu. Os parte el pan de la Palabra y os ofrece los valiosos dones de los sacramentos, en especial la reconciliación y la Eucaristía. Sin la experiencia que se vive en ellos, el conocimiento de Jesús resulta inadecuado y escaso. Ellos son la memoria verdadera de Jesús: de lo que Él cumplió y obra hoy todavía por nosotros, de lo que significa para nuestra vida. En la Reconciliación experimentamos la bondad de Dios que es el manantial de nuestra libertad interior y reconstruye y perfecciona el tejido de nuestra vida: se abren los ojos a una nueva creación y vemos lo que podemos llegar a ser según el proyecto y el anhelo de Dios. Es el sacramento de nuestro futuro, mucho más que del de nuestro pasado de pecadores. En la Eucaristía, que la comunidad cristiana celebra cada día, se prepara una doble mesa, donde el creyente reafirma la propia vida y se nutre del Único Señor que es Palabra y Cuerpo partido. En la Escritura y en la Eucaristía, la Iglesia reconoce, acoge y asimila el Cuerpo del Señor y se edifica ella misma como tal.

A estos dones que se os ofrecen como gracia en la Iglesia hay que unir una actitud constante de contemplación y de oración. La contemplación, que se hace oración, es permanecer abiertos a toda la plenitud que el Padre quiere infundir en vuestros corazones, a través de su Espíritu Santo. Para vosotros hoy, evangelizadores y educadores de los jóvenes del tercer milenio, la Palabra proclamada y compartida, contemplada en la oración, es indispensable para crecer en la fe. Fe que ha de hacerse escucha del grito de los pobres, de los abandonados, de los excluidos, y traducirse en gestos de caridad concreta que hagan visible a Dios, a su Amor.

En este amor, recibido gratuitamente, es donde se fundamenta la urgencia de evangelizar. Solo de un gran amor puede brotar una gran pasión por la salvación de los demás y la alegría de compartir la plenitud de una vida enraizada en Jesús. El que ha encontrado al Señor no puede quedarse en silencio. Lo debe proclamar. Quedarse callados significaría matarlo una segunda vez. Id pues, queridos jóvenes discípulos de Cristo, y mostrad al mundo que la fe lleva a una felicidad y a una alegría verdaderas, plenas, duraderas.

En el Bicentenario de mi nacimiento, quiero renacer con vosotros para continuar haciendo de los jóvenes la razón de mi vida, la valiosa heredad que me ha tocado en suerte, mi misión. Con vosotros quiero amarlos con el mismo amor que podemos experimentar en el corazón del Buen Pastor. Esto es posible, incluso si las condiciones sociales y culturales han cambiado. Como es mi costumbre, no utilizaré formas abstractas, teóricas o ideológicas; sino que acudiré a la pedagogía de la bondad que pone la educación en un incesante proceso de adaptación, de conversión humana, espiritual, pastoral, sabiendo acoger todos los cambios pero llevándolos hasta las razones más verdaderas y profundas del crecimiento humano y de la maduración cristiana. Estoy cada vez más convencido de que la educación es una cosa del corazón, o mejor, que el corazón debe ser educado, porque en el amor se juegan la vida los jóvenes.

En el año de la fe, quiero estar con vosotros en esta estupenda misión que implica a toda la Iglesia. A cada uno de vosotros os digo las mismas palabras que repetí a mis jóvenes de Valdocco: “Uno solo es mi deseo: veros felices en el tiempo y en la eternidad”.  Para que seáis felices y la Buena Noticia de la salvación sea acogida por todos, buscad el haceros amar. Para que tú, joven creyente y misionero de Cristo puedas ser feliz, considerado creíble y con autoridad, ¡Busca hacerte amar! Juntos, para los jóvenes, seremos humildes y valientes anunciadores del Evangelio, por la fe y con amor. Así os sueño, queridos amigos: “jóvenes para los jóvenes”, compañeros de Jesús y testigos suyos, llenos de entusiasmo por todo lo que es la vida, pero profundamente enraizados en la vida del Señor Jesús.

Confío con todo mi corazón estas palabras, como don del Bicentenario, a María, la Madre de Jesús. A Ella, que “ha creído que las palabras del Señor se cumplirían” (Lc 1, 45), y se ha entregado a sí misma a Dios, por amor al Hijo y a los hijos. María, inspiradora y sostenedora de nuestra Familia, despierte el corazón filial que duerme en cada hombre, el hombre nuevo, el pueblo nuevo, la Iglesia. Queridos jóvenes, María Inmaculada Auxiliadora os dé el sentido vivo de Cristo, un gran amor apostólico para comunicar las riquezas de su ministerio, la inteligencia creativa y la competencia pedagógica para educar a vuestros amigos en la fe de Cristo. Este será, para vosotros, el modo de responder a los desafíos de la Nueva Evangelización. María, la Madre de Jesús, nuestra querida Madre, interceda para que nuestro testimonio de creyentes y educadores sea siempre creíble.

Os bendigo, os doy cita para la Jornada Mundial de la Juventud en Río de Janeiro, a mitad de julio; y os saludo abrazándoos a todos con el afecto de padre, de hermano y de amigo.


Valdocco, 31 Enero 2013