dijous, 6 de març del 2014
dissabte, 1 de febrer del 2014
Missatge del Rector Major als joves del MJS 2014

Mensaje a los jóvenes del MJS 2014
Soñad a lo
grande y seguid vuestro sueño
con alegría,
entusiasmo y convicción
Queridísimos jóvenes,
No os escondo mi emoción al dirigiros el último
mensaje como Rector Mayor. Quisiera que mis palabras llegasen a vuestro corazón
para deciros que siempre os he amado y os amaré. Estáis en el centro de mi
vida, de mi oración y de mi trabajo. Sois mi alegría, la fuente de inspiración
y de esperanza para el presente y para el futuro que el Señor me reserva.
Gracias por el amor que me habéis demostrado
siempre, por vuestras oraciones que me han sostenido en los momentos difíciles
de mi delicado servicio. En estos momentos veo vuestros rostros iluminados por
la alegría de vivir y de creer, pero también preocupados por un futuro
incierto. He compartido las esperanzas y los sufrimientos que leía en vuestros
ojos. Durante estos 12 años de mi hermoso oficio como Sucesor de Don Bosco
hemos vivido juntos momentos inolvidables como las Jornadas Mundiales de la
Juventud en Sidney, Madrid, Río de janeiro; los diferentes encuentros del MJS
en las inspectorías; los Confrontos y Campo-Bosco en el Colle Don Bosco y en
otros lugares. Han sido tiempos fuertes del Espíritu, experiencias de comunión
y de espiritualidad salesiana, momentos para compartir y momentos de
fraternidad que nos han hecho crecer en el amor a Jesús, a la Iglesia y a Don
Bosco.
Gracias, queridos jóvenes, por vuestra presencia
reveladora del amor de Dios, por la frescura y el entusiasmo que habéis
comunicado en estos encuentros, por la alegría que habéis dado a mi corazón.
Con corazón de padre continuaré a amaros y por eso quiero invitaros a mirar con
esperanza vuestro futuro. Dios no os abandona y nos está ofreciendo grandes
signos de su amor.
Muchos contemplamos hoy, con gran alegría y estupor,
el anuncio de una nueva primavera para la Iglesia y para la el mundo. Los
profetas de desventura que decretaban el invierno de la Iglesia, una vez más,
tienen que desdecirse. Este nuevo soplo de primavera, don del Espíritu Santo,
tiene un rostro y un corazón: los del Papa Francisco. En el presentarse
humilde, sencillo y sonriente, revela su vida interior. Es un hombre
intensamente unificado en un punto focal en torno al cual se concentran gestos,
actitudes y pensamiento: el Señor Jesús, percibido siempre como Palabra de un
Dios de la bondad, de la ternura, de la misericordia.
Nos llama fuertemente la atención la figura de este
Papa tan dulce y, al mismo tiempo, hombre-roca, sólidamente afianzado en un
punto de anclaje en el que converge toda su fuerza moral, la libertad de actuar
y de hablar, junto a un profetismo iluminante. El punto unificador en torno al
cual se concentra toda su persona es, al mismo tiempo, un gran sueño y un vasto
proyecto con amplitud de miras.
¿Cuál es este sueño que ha seducido al Papa
Francisco y que contagia y fascina a tantos jóvenes? Es una Iglesia libre de la
mundanidad espiritual, libre de la tentación de cerrarse en su cuadro
institucional, libre de la tendencia al aburguesamiento y de la cerrazón en sí
misma, libre sobretodo del clericalismo y del machismo. Una Iglesia encarnada
en este mundo, resplandeciente en los pobres y en los sufrientes. Una casa
abierta a toda la humanidad. En su corazón está el gran deseo de una Iglesia
que acoja a todos, más allá de las culturas, de las razas, de las tradiciones,
de las confesiones religiosas. Una Iglesia que salga a las calles para
evangelizar y servir, alcanzando las periferias geográficas, culturales y
existenciales. Una Iglesia pobre, que privilegie a los pobres, convirtiéndose
en su voz, para superar la indiferencia egoísta de los que tienen más y no
saben compartir. Una Iglesia que preste una justa atención y relevancia a las
mujeres, sin las cuales, ella misma, corre el riesgo de la esterilidad.
El Papa Francisco vive con auténtica pasión la
entrega a este sueño que lleva en el corazón y quiere que todos los creyentes,
pero especialmente los jóvenes, vivan con la misma intensidad su impulso
misionero. Vosotros jóvenes sois los protagonistas irrenunciables y
determinantes de esta nueva primavera. Para salir de una cultura del “descarte”
que os margina y os paraliza dejándoos sin futuro, debéis encender en vuestro
corazón el “fuego” de una nueva pasión para invertir vuestras energías y
vuestra vida; se trata de comprometerse en causas nobles, positivas y de gran
valor moral, por las que valga la pena gastar la vida. Os lo pide el Papa
Francisco, os lo pide Don Bosco, os lo pido yo mismo en este último mensaje, como
un testamento espiritual que debéis custodiar cuidadosamente en vuestro corazón
y realizarlo en la vida.
Vuestra juventud, don para entregar a los demás
En estos años os he invitado a acoger vuestra
juventud como el don más valioso y a orientar vuestra vida según un proyecto
vocacional. He leído en muchos rostros que he encontrado la búsqueda y el gran
deseo de felicidad que se expresaba en la alegría de la fiesta. La fe cristiana
es la respuesta a vuestro anhelo porque es anuncio de radical felicidad,
promesa y confirmación de “vida eterna”.
Bebed en la espiritualidad salesiana y adentraos en
el corazón mismo de Don Bosco, donde compromiso y gozo van juntos, santidad y
alegría son un binomio inseparable. Desde el inicio de mi ministerio os he
propuesto un camino de santidad sencillo, alegre y sereno. La espiritualidad
juvenil salesiana quiere llevaros al encuentro con Jesucristo para estrechar
con él una relación de amistad y de confianza. Os he indicado siempre la
Iglesia como el lugar escogido y ofrecido por Cristo para encontrarlo y para
escuchar su Palabra. Solo su presencia discreta estimula vuestra libertad para
educar la mente, el corazón y la voluntad. A él le basta un pequeño signo de
confianza para deciros con mucha ternura: “Venid y estad conmigo, vosotros que
estáis sedientos de felicidad y hambrientos de cosas bellas y verdaderas que
hacen crecer la vida. Venid, los que estáis cansados, desanimados, deprimidos.
Los que sufrís en vuestro cuerpo, en vuestro espíritu, en lo profundo de
vuestro corazón”.
Escuchad, queridos jóvenes, sus palabras que se
adentran en vosotros lentamente y son consoladoras. Ellas se convierten en la
Eucaristía en sangre que da vida nueva, carne de vuestra carne. Es una nueva
vida que se nutre de oración, de comunión y de servicio. Es una nueva vida
percibida y vivida como vocación, como misión, como entrega fiel y
disponibilidad total hacia los demás. Escuchad la clara llamada del Papa a toda
la Iglesia: “¡Salgamos, salgamos para ofrecer a todos la vida de Jesucristo!”.
¿Cómo resistir a esta llamada? Es una llamada que tiene toda la intensidad y la
pasión del “Da mihi animas!” di Don Bosco. Vuestra generosidad juvenil no puede
sino alegrarse y dejarse sacudir por este grito, abandonando una fe tímida, paralizada
por el miedo y con dificultades para ser testimoniada.
Vosotros estáis llamados a vivir una fe que se
manifiesta como profecía, como certeza de ser amados por Dios hasta poner en Él
vuestra única seguridad. En su nombre podéis arriesgar todo, sin dejaros
atemorizar por nada y por nadie, sin dejaros condicionar por otras visiones del
mundo, sin contentaros con una vida mediocre.
La invitación que os hace el Papa Francisco es la de
salir sin miedo para servir al mundo, para enriquecerlo con el don de Cristo y
del Evangelio. A vosotros os confía la convicción de la real posibilidad de
cambiar el mundo, porque Jesús resucitado está con nosotros, todos los días,
hasta el final de los tiempos, y hace nueva todas las cosas: “Una fe auténtica
implica siempre un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores,
de dejar algo mejor después de nuestro paso por la tierra (EG, 183).
Despidiéndome de vosotros os confío estas palabras
que brotan de mi corazón de padre. Os he querido siempre y continuaré a amaros
recordándoos todos los días ante mi y vuestro amigo Jesús. Por eso quiero hacer
mías las palabras de nuestro querido Don Bosco: “Hasta el último respiro de mi
vida será para vosotros, mis queridos jóvenes”. Os pido también a vosotros el
don de vuestra oración para que continúe a servir a la Iglesia y a la Familia
Salesiana con fidelidad y amor.
Os confío a María, nuestro auxilio, modelo de santidad
vivida con coherencia y totalidad, estrella de la nueva evangelización. Os
acompañe siempre con ternura de Madre en todos los momentos de vuestra vida. Os
ayude a dar un bello testimonio de comunión, de servicio, de fe ardiente y
generosa, de justicia y de amor hacia los pobres, para que la alegría del
Evangelio llegue a todos los jóvenes y ninguna periferia quede privada de su
luz.
Siempre
vuestro
Don Pascual Chávez V.,
sdb
Rector Mayor
Valdocco, 31 enero ’14
dijous, 17 d’octubre del 2013
Lema Campobosco 2014
Buscamos un lema para el Campobosco 2014 del próximo verano. ¿Nos ayudas?
Accede al formulario y participa tantas veces como quieras. Se escogerá el eslogan de entre las propuestas que nos hagáis llegar. El Consejo Permanente del MJS junto con la Delegación Nacional de Pastoral Juvenil seleccionaremos el más apropiado.
dijous, 14 de març del 2013
Habemus papam
Ángel Asurmendi, Provincial dels Salesians de la Inspectoria de Barcelona, valora l'elecció del nou Papa
"Ens arriba el testimoni que és una persona autèntica i senzilla, que viu amb austeritat i normalitat"
Quan hem sabut que el nou Papa havia triat el nom de Francesc i era Jorge Mario Bergoglio, jesuïta i arquebisbe de Buenos Aires, la sorpresa s'ha transformat també en expectació. Sobre tot això es parlarà força aquests dies.
Ara els mitjans intenten traslladar el seu perfil humà i religiós, el seu actuar diari, les seves relacions amb la gent i els polítics... tot el que poden trobar per donar una primera informació sobre la seva persona. De les seves virtuts i mancances també en sentirem parlar bastant.
De qui el coneix directament, ens arriba el testimoni de que és una persona autèntica i senzilla, que viu amb austeritat i normalitat. D'entrada són trets importants per un pastor, per a un bon pastor. Donem gràcies a Déu per haver inspirat a través del seu Esperit aquesta elecció.
Ens sumem a l'alegria de l'Església que ja té un nou pastor. I unim la nostra pregària a la resta dels cristians, demanant a l'Esperit que l'assisteixi i acompanyi en l'obstinació de la nova Evangelització i perquè, segons les seves pròpies paraules, puguem treballar junts, units en fraternitat, amor i confiança recíproca.
Li assegurem que, per la nostra part, no quedarà. Té ja assegurada la nostra confiança, ja que sabem que Déu està darrere de la seva elecció.
Ángel Asurmendi, Provincial SDB Barcelona
dijous, 31 de gener del 2013
Missatge del Rector Major als joves del MJS
Id y testimoniad la alegría de la fe
Aprended
a ser felices siendo discípulos de Cristo y misioneros de los jóvenes
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Carta de Don
Bosco a los jóvenes del MJS
Queridísimos
jóvenes,
Con esta
carta quisiera acercarme a todos y a cada uno de vosotros. Quisiera comunicaros
el gran afecto que siento por vosotros y deciros el sueño constante que albergo
en mi corazón: que podáis ser plenamente felices, llevando dentro de vosotros
toda la plenitud de la humanidad del Señor Jesús y expresando en vuestra vida
una adhesión plena que testimonie los valores del Evangelio. Os escribo en un
tiempo en el que se habla mucho de Nueva Evangelización. En muchos de nuestros
países Dios parece haberse convertido en un desconocido, una persona de la que
se puede prescindir. Precisamente por esto, hoy, resuena más fuerte el
mandamiento de Jesús: “Id y haced discípulos de todos los pueblos… Mirad que yo
estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28, 19-20). La
misión que Jesús nos indica es un terreno cargado de desafíos, pero también
fecundo de grandes oportunidades. Ésta constituye un providencial anillo de
conjunción entre la urgente invitación que Benedicto XVI ha dirigido a la
Iglesia universal para que viva intensamente este año de la fe, y el camino que
nuestra familia salesiana ha iniciado hacia el bicentenario de mi nacimiento.
Permitidme
que os diga que, también entonces, los tiempos eran difíciles. Valdocco era una
verdadera tierra de misión… Con todo, la viva presencia de Jesús y de María en
las fatigas del servicio educativo colmaba de alegría mi corazón. De aquella
tierra de misión, como todos vosotros sabéis bien, han salido muchos jóvenes
misioneros para evangelizar pueblos y tierras lejanas. Jóvenes crecidos en el
oratorio, que han escrito páginas de historia sublimes, que han dado su vida
por la educación, la promoción humana y la evangelización de muchas
generaciones de jóvenes. Esta historia de fidelidad y de generosidad, queridos
jóvenes, continua hoy con vosotros y es un reto para todos. En este libro
faltan las páginas que solo podéis escribir vosotros. ¡Esta es vuestra hora!
La enseñanza
de Jesús resuena todavía en nuestros días con la misma fuerza: “Preocupaos no
por el alimento que perece, sino por el alimento que permanece para la vida eterna” (Jn 6, 27). La pregunta
formulada por los que le escuchaban, es la misma que resuena dentro de nosotros
hoy: ¿Qué debemos hacer para cumplir y realizar las obras de Dios? Sabemos la
respuesta de Jesús: “Esta es la obra de Dios: que creáis en Aquel que él ha
mandado” (Jn 6, 29). La obra de Dios en vosotros es la de ser discípulos que
acogen con amor la Palabra de Dios y en ella encuentran a Jesucristo. La
vocación de todo cristiano es ser apóstoles que la transmitan alegremente. La
fe, de hecho, crece en el momento en el que estamos disponibles para
transmitirla a otros. ¡Vuestra vocación es evangelizar, queridos jóvenes!
Evangelizar
significa poner en la masa una levadura capaz de cambiar la mentalidad y el
corazón de las personas y, a través de ellas, las estructuras sociales, de tal
modo que sean más conformes al diseño de Dios. No se trata de una actividad
intimista; evangelizar es desencadenar una verdadera revolución social, la más
profunda, la única eficaz. Para evangelizar es necesario tener un motivo: estar
“enamorados” de Dios, haber hecho experiencia de su amistad y de su intimidad.
En este proceso, la atención se ha de concentrar sobre todo en nuestro corazón.
Exactamente allí donde se forman los pensamientos y las opciones: el corazón
debe estar libre de contaminación. Esto requiere transparencia, capacidad de
volver sobre sí mismos y poner con desnudez, delante del Señor, las
motivaciones más verdaderas de nuestros comportamientos. La verdad de los
gestos reclama la pureza de las motivaciones.
El deseo de
comunicar la Buena Noticia nace de la sobreabundancia del corazón de una
persona que ha sido alcanzada por Jesús: una persona profundamente integrada y
unificada en torno al único amor de Dios. Se trata de un amor único porque es
central; único porque tiene la precedencia sobre todos los demás afectos del
corazón. El auténtico buscador y testigo
de Dios es puro de corazón. Lo es también el que, por encima de cualquier
otra cosa y con todas sus fuerzas, busca el Reino de Dios y su justicia.
Recordando mi vida, os debo decir que desde que era joven solo le pedí al Señor
una cosa: Da mihi animas! ¡Concédeme
el trabajar por Ti, por la salvación de los jóvenes!
Antes, pues,
de que el Evangelio ocupe vuestra mente y sea causa de vuestros cansancios,
deberá ser acogido en vuestra vida y deberá ser la fuente de vuestra alegría.
Jesús no confía su Evangelio a quien no le ha dado su propia vida. Solo los
discípulos auténticos pueden ser apóstoles creíbles. El mundo juvenil, lo
sabéis bien, es tierra de misión exigente. Salid, pues, de vuestro minúsculo,
angosto y asfixiante cascarón. Entrad en el vasto mundo de Dios. Él os abre de
par en par las puertas de una gran misión, para que podáis salir de vosotros
mismos y encontrar grandes espacios, para que podáis caminar hacia nuevos
horizontes, aquellos para los que habéis sido pensados y soñados por Dios.
Estos horizontes no están necesariamente lejos de vosotros. Dios os llama,
sobre todo, a traducir y a encarnar vuestra fe en lo ordinario, en la
cotidianidad que, si no fuera iluminada por la luz de la resurrección, sería
capaz de triturar el corazón del hombre.
Muchos
jóvenes, lo sabéis muy bien, no “habitan el propio corazón”, viven
“distraídamente”. Son atraídos por mil cosas; se encaminan a través de mil
senderos y, sobre todo, son tiranizados y esclavizados por mil servidumbres.
Habitan “en otra parte”; por todas partes, pero no en el corazón, con la
consecuencia de impedir el encuentro con Dios que se realiza, sin embargo, en
este lugar tan valioso, tan secreto: el corazón. En el corazón de cada persona,
de hecho, existe una herida, un dolor grande que reclama ser escuchado,
comprendido, sanado. Por eso Jesús tiene tanta necesidad, también hoy, de
discípulos capaces de escuchar el corazón de la gente, especialmente de los
jóvenes. Discípulos capaces de comprender, en medio de sus alegrías y sus
miedos, una necesidad, no siempre expresada, de acercarse a él y de
encontrarlo. Solo el discípulo que tiene una relación profunda con el Señor
Jesús puede acoger, entre quienes lo buscan, a quien desea de verdad compartir
su experiencia de Dios.
El discípulo
que sigue a Jesús está llamado a facilitar el encuentro con Él de los que
quieren verlo, conocerlo, amarlo. Esta es una misión delicada y maravillosa; y
si no lo hacéis vosotros, queridos jóvenes. ¿quién presentará a Jesús los
sueños y las necesidades de vuestros compañeros, de vuestros amigos? ¿Quién les
hará ver a Jesús? Os toca a vosotros indicar a vuestros amigos que Jesús es la
luz que ilumina de sentido su búsqueda, que es el camino que les conduce al
corazón del Padre, que es la verdad que pone fuego en el corazón para vivir la
vida con pasión. Vosotros sois el fuego de un nuevo Pentecostés, que quema y
contagia a muchos de vuestros amigos. Juntos podéis luchar por la libertad allí
donde falta, por la paz allí donde está amenazada, por la justicia allí donde
es pisoteada, por la solidaridad allí donde es más necesaria. Vosotros podéis
ser la conciencia crítica de la sociedad en la que vivís. Levantaos pues, salid
del cenáculo y marchad, porque el mundo os necesita.
Pero
recordad siempre que solo Cristo es capaz de curar y cicatrizar las
laceraciones profundas y sufrientes del corazón de los jóvenes. Así que, para
que este encuentro resulte fecundo, se tiene que aceptar hacer un particular
camino: es necesario pasar de la
admiración al conocimiento, y del conocimiento a la intimidad; de la intimidad
al enamoramiento; del enamoramiento al seguimiento y a la imitación.
El encuentro
inicial se transforma, finalmente, en un verdadero encuentro cuando Jesús “se
deja ver” y su Palabra desnuda el corazón del hombre liberándolo de percepciones
enmascaradas y falseadas de Dios, de una visión incorrecta de sí mismos, de los
demás, de los acontecimientos. Y es esto lo que les pasó a los discípulos de
Emaús (Lc 24, 13-35). Caminaban con el rostro triste y el corazón decepcionado
porque habían vivido junto a Jesús y la convivencia había despertado en ellos
las mejores esperanzas. En cambio, su muerte en cruz había sepultado todas las
expectativas y su fe. A lo largo del camino, Jesús se hace compañero de viaje
compartiendo tristezas y amarguras y, al mismo tiempo, desvelándoles el sentido
de lo sucedido releyendo con ellos la Escritura. Acomoda su paso a una paciente
y sufrida búsqueda, abriéndoles gradualmente los ojos de su mente y de su
corazón a la inteligencia de su misterio, de la historia y del mundo. Su
búsqueda es sincera, pero sus ojos para contemplar el Resucitado solo se abren
cuando Él repite el gesto que mejor lo identifica: “partir el pan”. Tal descubrimiento es fruto de su búsqueda, pero habría
sido imposible sin la explicación de la escritura y el haberles ofrecido un
signo por parte de Jesús. Sobre todo es un don: ellos “lo reconocieron” porque Jesús “se
hizo reconocer”. El reconocer a Jesús en el invitado es el momento
culminante del encuentro, pero no es el último. Hay un paso posterior que
manifiesta la fecundidad del encuentro personal con Jesús, el que les lleva de
la comunión a la misión, de la experiencia personal – “nos ardía el corazón” – al testimonio – “volvieron a Jerusalén donde encontraron a los Once reunidos”. Los
discípulos vuelven al lugar donde se desarrollaba habitualmente sus vidas, pero
con ojos nuevos y un corazón renovado.
Tampoco
vosotros, mis queridos jóvenes, podéis vivir vuestra de fe de forma solitaria.
Nuestra salvación está fuera de nosotros mismos; no la encontramos en la
ciencia o en la economía o en la política, sino solo en Jesucristo muerto y resucitado
por nosotros. Volved, pues, con ojos nuevos y corazón nuevo al lugar donde
Jesús, hoy, se hace presente y habita: la Iglesia. Encontrad a la comunidad de
los creyentes, los que confiesan a Jesús como su Señor, la familia de sus
discípulos, de los que comparten con Él la vida y la misión. Queridos jóvenes,
puede que muchas cosas de la Iglesia – en el contexto humano – os decepcionen.
Puede incluso darse que os sintáis incomprendidos, no tomados en serio. Es
verdad; la Iglesia a veces nos decepciona, a veces nos turba, pero siempre nos
fascina, porque es una realidad cuyos confines pasan por dentro de nosotros,
porque es el abrazo de una madre a cada uno, el lugar visible de nuestra
identidad, la zona de encuentro con el Dios de Jesucristo y con los hombres, a
los que sentimos como nuestros hermanos y hermanas. Escuchad, pues, las palabras de un padre que
ha sufrido, pero ha amado siempre a la Iglesia: no, queridos jóvenes; ¡no os
separéis de la Iglesia! Ninguna realidad
es tan rica de esperanza, de compasión, de amor. La Iglesia no envejece jamás:
su juventud es eterna. Es la continuación, la prolongación, la presencia actual
de Cristo; el lugar donde Él dispensa la gracia, le verdad y la vida en el Espíritu.
Os parte el pan de la Palabra y os ofrece los valiosos dones de los
sacramentos, en especial la reconciliación y la Eucaristía. Sin la experiencia
que se vive en ellos, el conocimiento de Jesús resulta inadecuado y escaso.
Ellos son la memoria verdadera de Jesús: de lo que Él cumplió y obra hoy
todavía por nosotros, de lo que significa para nuestra vida. En la
Reconciliación experimentamos la bondad de Dios que es el manantial de nuestra
libertad interior y reconstruye y perfecciona el tejido de nuestra vida: se
abren los ojos a una nueva creación y vemos lo que podemos llegar a ser según
el proyecto y el anhelo de Dios. Es el sacramento de nuestro futuro, mucho más
que del de nuestro pasado de pecadores. En la Eucaristía, que la comunidad
cristiana celebra cada día, se prepara una doble mesa, donde el creyente
reafirma la propia vida y se nutre del Único Señor que es Palabra y Cuerpo
partido. En la Escritura y en la Eucaristía, la Iglesia reconoce, acoge y
asimila el Cuerpo del Señor y se edifica ella misma como tal.
A
estos dones que se os ofrecen como gracia en la Iglesia hay que unir una
actitud constante de contemplación y de oración. La contemplación, que se hace
oración, es permanecer abiertos a toda la plenitud que el Padre quiere infundir
en vuestros corazones, a través de su Espíritu Santo. Para vosotros hoy,
evangelizadores y educadores de los jóvenes del tercer milenio, la Palabra
proclamada y compartida, contemplada en la oración, es indispensable para
crecer en la fe. Fe que ha de hacerse escucha del grito de los pobres, de los
abandonados, de los excluidos, y traducirse en gestos de caridad concreta que
hagan visible a Dios, a su Amor.
En este
amor, recibido gratuitamente, es donde se fundamenta la urgencia de
evangelizar. Solo de un gran amor puede brotar una gran pasión por la salvación
de los demás y la alegría de compartir la plenitud de una vida enraizada en
Jesús. El que ha encontrado al Señor no puede quedarse en silencio. Lo debe
proclamar. Quedarse callados significaría matarlo una segunda vez. Id pues,
queridos jóvenes discípulos de Cristo, y mostrad al mundo que la fe lleva a una
felicidad y a una alegría verdaderas, plenas, duraderas.
En el
Bicentenario de mi nacimiento, quiero renacer con vosotros para continuar
haciendo de los jóvenes la razón de mi vida, la valiosa heredad que me ha
tocado en suerte, mi misión. Con vosotros quiero amarlos con el mismo amor que
podemos experimentar en el corazón del Buen Pastor. Esto es posible, incluso si
las condiciones sociales y culturales han cambiado. Como es mi costumbre, no
utilizaré formas abstractas, teóricas o ideológicas; sino que acudiré a la
pedagogía de la bondad que pone la educación en un incesante proceso de
adaptación, de conversión humana, espiritual, pastoral, sabiendo acoger todos
los cambios pero llevándolos hasta las razones más verdaderas y profundas del
crecimiento humano y de la maduración cristiana. Estoy cada vez más convencido
de que la educación es una cosa del corazón, o mejor, que el corazón debe ser
educado, porque en el amor se juegan la vida los jóvenes.
En el año de
la fe, quiero estar con vosotros en esta estupenda misión que implica a toda la
Iglesia. A cada uno de vosotros os digo las mismas palabras que repetí a mis
jóvenes de Valdocco: “Uno solo es mi deseo:
veros felices en el tiempo y en la eternidad”. Para que seáis felices y la Buena Noticia de
la salvación sea acogida por todos, buscad
el haceros amar. Para que tú, joven creyente y misionero de Cristo puedas
ser feliz, considerado creíble y con autoridad, ¡Busca hacerte amar! Juntos, para los jóvenes, seremos humildes y
valientes anunciadores del Evangelio, por la fe y con amor. Así os sueño,
queridos amigos: “jóvenes para los jóvenes”, compañeros de Jesús y testigos
suyos, llenos de entusiasmo por todo lo que es la vida, pero profundamente
enraizados en la vida del Señor Jesús.
Confío con
todo mi corazón estas palabras, como don del Bicentenario, a María, la Madre de
Jesús. A Ella, que “ha creído que las
palabras del Señor se cumplirían” (Lc 1, 45), y se ha entregado a sí misma
a Dios, por amor al Hijo y a los hijos. María, inspiradora y sostenedora de
nuestra Familia, despierte el corazón filial que duerme en cada hombre, el
hombre nuevo, el pueblo nuevo, la Iglesia. Queridos jóvenes, María Inmaculada
Auxiliadora os dé el sentido vivo de Cristo, un gran amor apostólico para
comunicar las riquezas de su ministerio, la inteligencia creativa y la
competencia pedagógica para educar a vuestros amigos en la fe de Cristo. Este
será, para vosotros, el modo de responder a los desafíos de la Nueva
Evangelización. María, la Madre de Jesús, nuestra querida Madre, interceda para
que nuestro testimonio de creyentes y educadores sea siempre creíble.
Os bendigo,
os doy cita para la Jornada Mundial de la Juventud en Río de Janeiro, a mitad
de julio; y os saludo abrazándoos a todos con el afecto de padre, de hermano y
de amigo.
Valdocco, 31 Enero 2013
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